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Pixar, la empresa que transformó a Steve Jobs

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Foto: Wikipedia

Pixar hizo muchas cosas por Steve Jobs. Lo convirtió en multimillonario cuando la vendió a Disney, pero también le cambió la vida luego de que lo expulsaran de Apple, la empresa que fundó y que no pudo manejar desde lo más alto de la pirámide empresarial.

Hace 24 años se estrenó Toy Story, la película que marca un antes y un después en el cine animado y que le abrió el camino a la empresa que hoy acumula éxitos en taquilla y crítica.

Jobs le compró a George Lucas su división de informática (que pasaría a llamarse Pixar) por cinco millones de dólares en 1986 e invirtió de inmediato la misma cantidad de dinero. Un paso clave para cerrar el trato ya daba evidencias de que el joven millonario que asombró al mundo con las computadoras Macintosh estaba aprendiendo a moverse de otra manera: no estaría al frente de la compañía.

“El implacable Steve, el tipo grosero, brillante pero emocionalmente analfabeta que conocimos al principio, se convirtió en un hombre diferente durante las siguientes dos décadas de su vida. Todos los que conocimos a Steve nos dimos cuenta de esta transformación. Se volvió más receptivo no solo a los sentimientos de los demás, sino también a su valor como participantes en el proceso creativo”, afirma Ed Cadmull, cofundador y presidente de Pixar en su llibro “Creatividad S.A”.

Cuando Jobs se hizo dueño de Pixar atravesaba uno de los momentos más difíciles de su vida. Apple, la empresa que fundó con Steve Wozniak y que revolucionó el mundo de las computadoras personales gracias a sus estrategias, lo había expulsado (en 1985). Vendió casi todas sus acciones y buscaba revancha creando Next, una empresa rival que comenzó a producir PCs sin mucho éxito.

Sin embargo, Pixar era otra cosa para Jobs. En principio porque no era una creación suya y en segundo lugar, porque se dio cuenta que Cadmull y John Lasseter, iban por otro camino. Uno que en el fondo él compartía. Uno donde la tecnología y el arte irían de la mano de una manera más profunda: el cine. Pero no cualquier forma de hacer películas, sino largometrajes enteramente generados con animación computarizada, algo inédito a mediados de los 80.

“Quería comprarla porque estaba muy interesado en los gráficos por computadora. Cuando vi a los informáticos de LucasFilm, me di cuenta de que estaban muy avanzados en su mezcla de arte y tecnología, algo que siempre me llamó la atención”, le dijo Jobs a su biógrafo Walter Isaccson.

Una escuela de gerencia

Al comienzo Jobs se reunía una vez por semana con el equipo de Pixar y dejaba explotar toda su ira por los retrasos de proveedores (una de las áreas de la empresa era la creación de computadoras) o las pérdidas de la compañía.

No obstante, el camino que transitó con la sección de animación le dieron un “lugar donde realmente aprendió, de forma lenta y en contra de sus instintos, que algunas veces la mejor técnica de gerencia es olvidarse de la microgerencia y darle espacio a la gente buena y talentosa”, según concluyen Brent Schlender y Rick Tetzeli en “El Libro de Steve Jobs”.

“Steve se vio en una situación que no se parecía a nada que hubiera experimentado antes. En Apple había sido el novato impetuoso, el fundador que, para bien o para mal, estableció la cultura corporativa. En NeXT también fue el centro de atención y el visionario de la empresa. Pero en Pixar no pudo dar forma a aquella cultura. No había sido el fundador, y ni siquiera como propietario podía cambiar la empresa para reflejar su imagen (…) Aquel equipo cohesionado y cooperativo sabía exactamente lo que quería hacer”, afirman Schlender y Tetzeli.

Los autores señalan además que fueron los años en Pixar los que formaron al Jobs que regresó a Apple en 1997. No desde el punto de vista de revolucionar la industria del cine con las animaciones 3D (eso fue un trabajo en equipo de la empresa y de los genios Cadmull y Lasseter) sino como un gerente que se conectaba de forma distinta con la empresa.

Jobs no decidía qué películas hacía Pixar, tampoco se involucró en qué aspecto tendrían los personajes o qué parlamentos dirían. Muy diferente al mandamás que fue en Apple, donde se entrometía hasta en el aspecto de los tornillos de las computadoras.

Donde sí se involucraba era en las negociaciones con Disney, la empresa distribuidora de las películas de Pixar. Allí fue un férreo defensor de lo que hacía su compañía y su terquedad se basaba en el hecho de que el producto era realmente obra de ellos y no de la megacorporación de entretenimiento.

De millonario a multimillonario

Tanto así que al momento de venderla en 2006 (transacción que lo convirtió en multimillonario) se esforzó porque la gente de Pixar que había estado al frente desde el principio, permaneciera en sus puestos y con autonomía para crear sus producciones.

“Solía decir que por muy brillantes que fueran los productos de Apple, todos terminarían en el vertedero. Pero las películas de Pixar vivirían para siempre”, recuerda Cadmull en su libro “Creatividad S.A.”

En 1995 se estrenó Toy Story, el primer largometraje animado por computadora que abrió un nuevo espacio en el mundo del cine. Lo que siguió fue una avalancha de éxitos (de taquilla y de crítica) y el nacimiento de una nueva forma de hacer películas.

Distintos autores coinciden en que esa empresa que compró por $5 millones y que vendió por $.7.400 millones, era el lugar donde Jobs se podía relajar, jugar un poco y donde encajaba su perfil de crítico (era de los primeros en ver las películas y dar su opinión). “Se convirtió en un auténtico sabio. El cambio que experimentó fue real y profundo”, remata Cadmull.

Todo esto fue parte fundamental del liderazgo que ejerció en Apple a partir de 1997 y que le dio nueva vida a la empresa, una de las más valiosas del mundo con un valor bursátil superior a 1 billón de dólares. Regresar a la compañía con una nueva visión abrió campo para otra revolución: la de los teléfonos inteligentes, las tabletas y las tiendas de aplicaciones.

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